Hace cuarenta años en un hogar de trabajadores los bienes eran escasos, muchos compartían la vivienda con los padres, por ello la familia era amplia y acogedora, abuelos, hijos, nietos, ….si obviamente, cada tanto se armaba alguna que otra trifulca, pero en esas lides se ejercitaba la paciencia, la tolerancia y otros valores de la convivencia. La radio era el principal medio de comunicación, pues el televisor, o el teléfono solo entraban en el presupuesto de, por ejemplo, los bancarios, en nuestros hogares ferroviarios la TV, en blanco y negro, con una antena de doce metros de altura, llego cuando yo ya concurría al industrial, se veía un día y no se veían seis, “dependía del tiempo”, la imagen iba y venía realizando increíbles cabrioletas mientras nosotros nos esforzábamos por comprender, a saltos, los programas.
Entonces había gente más humilde aún, que ni siquiera a ese mínimo confort accedía, pero respondían al criterio de “pobre pero honrado”.
Nos criábamos en la calle, los hijos de obreros y de doctores, todos compartíamos el colegio, público y excelente, la leche a la tarde, en la casa de cualquiera, los interminables partidos de futbol a la hora de la siesta y demás diversiones de pueblo.
Pienso que la gente, producto de una austeridad notable de artefactos y bienes, tenía la posibilidad de conectarse con el prójimo, conocerlo más y envidiarlo menos. El creciente materialismo de las últimas décadas acrecentó las brechas sociales y el resentimiento del que no puede acceder a esos bienes que te “identifican”, pues hoy en general la gente se identifica por lo que tiene y no por lo que es, por lo que es como persona digo, para que se entienda.
Lamentablemente el tiempo no tiene vuelta, y cuando extraño esos años pienso ¿me estaré poniendo viejo?
Raúl, 11/4/11.
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